A propósito de las expresiones de un par de diputadas al congreso del estado de Puebla, me parece importante abordar un término que representa todo un concepto de exclusión: Edadismo.

El psicólogo norteamericano Robert Butler lo definió, hacia finales de la década de los sesenta, como el prejuicio de un grupo de edad hacia otros grupos etarios enfocado en el envejecimiento de los seres humanos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo define como los pensamientos (estereotipos), sentimientos (prejuicios) y acciones (discriminación) dirigidos hacia las personas en función de su edad.

El prejuicio por razones de edad se ha convertido en una de las formas de exclusión más extendidas, silenciosas y toleradas en la sociedad contemporánea y describe la estereotipación y discriminación sistemática contra las personas mayores.

Hoy por hoy, su alcance y repercusión va más allá. El edadismo se manifiesta como una sentencia, que margina tanto a los adultos mayores bajo el prejuicio de la obsolescencia, como a los jóvenes por la evidente inexperiencia.

Desafortunadamente el edadismo en la vida real trasciende el ámbito del desempleo, representando una práctica abierta de exclusión social que fractura la convivencia armónica, al impedir el diálogo intergeneracional.

Afecta la salud física, la salud mental, la inclusión financiera y la participación política de los individuos.

En nuestro país, la discriminación por edad es alarmante. De los datos de la encuesta nacional sobre discriminación (ENADIS) del INEGI, más del 29% de la población de 60 años y más, declaró haber sido discriminada o haber experimentado una negación injustificada de sus derechos.

A estos números hay que sumar el deterioro en el discurso público.

Lejos de promover el respeto y la dignidad del ser humano, tenga la edad que tenga, en la política mexicana se han expresado, discriminatoriamente, comentarios y burlas en redes y micrófonos que evidencian una falta de sensibilidad institucional.

No se puede permitir la normalización de la mofa y la violencia verbal hacia sectores vulnerables como la tercera edad, desestimando el valor de la experiencia y el respeto a la dignidad humana.

En los adultos mayores no se puede permitir el descarte prematuro, la marginación salarial, la no visibilización, la infantilización en el trato, la exclusión en los espacios de decisión y mucho menos, narrativas de carga social o burla por su estado físico o mental.

En el caso de los jóvenes, no se deben permitir salarios precarios, subestimación profesional, descalificación de sus demandas o el ignorar su capacidad crítica, bajo el argumento de inmadurez para asumir responsabilidades de alto nivel, dejándole todo al paternalismo político.

Rechazar el edadismo en todas sus formas es una exigencia ética y democrática.

Restringir las oportunidades y la inclusión de las personas por los años calendario, al tiempo de degradarlos en el comentario, empobrece a las organizaciones, el debate público y fractura el tejido social.

La experiencia del adulto suma visiones y ímpetu de la juventud aporta impulso, por lo que pretender excluir en el tejido social a cualquiera de las partes, es condenar a la sociedad al estancamiento.