Identidad Panista

Identidad Panista

En 1982 inició mi militancia en el Partido Acción Nacional. Han sido casi 37 años siendo actor y observador, de primera fila, de la historia del Partido y de su aportación a la construcción del México moderno. Sin duda, es la más extraordinaria experiencia profesional imaginable para un politólogo, porque fui parte y atestigüé el nacimiento del México democrático con el que soñó mi generación; ese grupo de mexicanos que pusimos fin al régimen del siglo pasado y que hemos construido las soluciones e instrumentos que pusieron a la patria en la ruta del nuevo siglo y el nuevo milenio.

Una mirada superficial a la historia de México, en los últimos 40 años, nos permite comprender la magnitud de las transformaciones que hemos vivido y la profundidad de la huella de Acción Nacional en ellas.

La terquedad democrática de Acción Nacional, a la que se refería Carlos Castillo Peraza, rindió sus frutos al entregar a nuestros hijos un país en el que la transmisión de los poderes públicos se realiza de manera pacífica y periódica mediante el voto universal, libre y secreto. Un país en el que los poderes públicos de la Federación no están subordinados o controlados por alguno de ellos y en el que las autoridades estatales y municipales pueden ejercer plenamente las facultades que les otorga la Constitución, es decir, profesar las leyes sin temor a represalias políticas lanzadas desde alguna jefatura.

Entregamos un país en el que desde el texto de la Constitución se reconocen los derechos humanos como una cualidad intrínseca de la dignidad de la persona, que deben ser protegidos y garantizados por el Estado; un país plural, cultural y políticamente, en el que la libertad es premisa central para establecer las diferencias y en el que las diferencias pueden resolverse en los canales del diálogo, es decir, del respeto.

Frente a estas conquistas, y muchas otras que son legado de nuestra institución, hoy día es común escuchar que el Partido perdió su identidad. En espacios de opinión y análisis se lee y escucha que Acción Nacional logró ser gobierno a costa de perder su alma; que Acción Nacional optó por ganar elecciones replicando métodos que antes cuestionaba; que el Partido abandonó sus principios, su doctrina y su esencia a cambio del ejercicio real del poder.

A unos cuantos meses de haber vivido la experiencia electoral de julio pasado y a menos tiempo de haber vivido la renovación de la dirigencia nacional del Partido, creo que es un buen momento para preguntarnos si las críticas de pérdida de identidad que se lanzan contra Acción Nacional tienen sustento y sentido, y si de verdad hemos abandonado nuestra primera naturaleza para convertirnos en un partido pragmático y, recordando otra vez a Castillo Peraza, convertirnos en un partido sin alma.

No puedo enfrentar esta cuestión sin tratar de exponer por qué soy panista. Desde muy joven descubrí mi vocación política. La elección de carrera universitaria fue sencilla y, en muchos sentidos, un proceso natural. No sólo me interesaba la política como objeto de estudio, sino que me interesaba fundamentalmente hacer política, participar activamente en la construcción del espacio común. Por ello, me postulé y gané la elección de Presidente de la Sociedad de Alumnos de la Escuela de Ciencias Políticas.

Desde ahí, las perspectivas de participación política parecían sólo una: sumarse a las filas del PRI y esperar la oportunidad de desarrollar una carrera. Sin embargo, mi decisión fue afiliarme al Partido Acción Nacional y desde el punto de vista práctico parecía estar tomando la decisión menos racional.

¿Cómo explicarlo? Creo que es muy simple: el PAN significaba libertad, ese partido reconocía mi dignidad y alentaba la participación política a partir de mi responsabilidad. Acción Nacional acicateaba la natural rebeldía juvenil en contra del autoritarismo priista y desplegaba un instrumental doctrinario, ideológico y programático en cuyo centro destacaba una lucha épica, la lucha por la democracia y por la efectividad del voto.

En ese tiempo ser panista significaba formar parte de un grupo humano distinto, con características propias, claramente distinguible de los militantes del PRI, formado a partir de la voluntad libre de cada uno de los miembros y con claridad en los objetivos de lucha.

Sin embargo, para ser panista no bastaba, ni basta, la claridad de principios, de doctrina e ideología. Ni siquiera basta la potencia aglutinadora de la causa por la que se lucha. Para ser panista se requiere sentirse panista, saberse panista. Tener identidad panista.

Sólo la fuerza de la emoción de las certezas panistas traducidas en acción concreta es capaz de crear panistas para toda la vida. Caminar el país con el Maquío; los discursos de Carlos Castillo; las plazas abarrotadas en Baja California, Guanajuato y Chihuahua dispuestas a arrebatarle gubernaturas al PRI; don Luís H. Álvarez y su entereza, bondad y gentileza recorriendo México; la alternancia en el 2000 y las candidaturas que ganamos o perdimos.

Todos esos momentos grabaron el PAN en mi corazón. Todas esas emociones, alegrías y tristezas me formaron como persona y como político, y me permiten saber que lo que hago contribuye al Bien Común.

Entonces, tengo que estar en desacuerdo con quienes anuncian la muerte del alma del PAN. El PAN está tan vivo como están sus principios: eminencia de la Dignidad Humana; primacía del Bien Común; preeminencia del Interés Nacional y compromiso con la Democracia. El PAN está tan vivo como esté su agenda nacional. El PAN está tan vivo como puedan emocionarse por sus causas las nuevas generaciones de panistas.

Así lo siento y así lo pienso, sobre todo ahora que los retos que tenemos parecen ser diferentes al enfrentar al nuevo gobierno

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Humberto Aguilar Coronado

Politólogo y Master en Negociación por la UC3 de Madrid, España.

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