Es bien sabido que, en política, lo que parece ridículo suele ser lo más peligroso, porque desvía la atención de lo verdaderamente importante.
La comunicación política en el México contemporáneo ha encontrado en la fauna una herramienta de conexión masiva y, al mismo tiempo, un escudo de distracción formidable.
Lo que inició en el sexenio anterior como una frase de arrabal convertida en decreto voluntarista, ha mutado en el arranque de la Copa del Mundo 2026 en un fenómeno viral que desnuda las prioridades, las bajezas y las tensiones de la narrativa oficial.
Del “Me canso ganso” al “Pato Merlín”, la transición no es solo zoológica, es el reflejo de cómo el poder instrumentaliza lo anecdótico para evadir lo trágico.
Para entender el fenómeno actual, hay que regresar a los orígenes. Durante su discurso de toma de posesión en el Congreso de la Unión, Andrés Manuel López Obrador lanzó una frase que marcaría el tono de su administración: “Me canso ganso”.
La expresión no era un simple chascarrillo, era una declaración de principios frente a los escépticos de sus megaproyectos (la refinería de Dos Bocas, el Tren Maya y el Aeropuerto Felipe Ángeles) de imponer su voluntad política, por encima de las viabilidades técnicas, financieras o ambientales.
Si la oposición decía que era imposible, el ganso demostraba que por mero decreto presidencial se haría.
La frase se volvió una marca registrada del régimen fomentando la polarización entre el pueblo sabio que celebraba el lenguaje popular y la oposición que lo veía como el fin de la responsabilidad técnica y ética en el ejercicio del poder.
Se institucionalizó el uso del lenguaje coloquial para evadir la rendición de cuentas, transformando la infraestructura en un asunto de voluntad personal y no de planeación.
Ocho años después, en el marco del mundial de fútbol 2026, la historia se repite como farsa, pero ahora con alas más cortas.
El Pato Merlín que se volvió viral en redes sociales por pasear con sus dueños en espacios públicos, con zapatitos y playera de la selección mexicana, se convirtió en un codiciado activo político y comercial.
Su irrupción en el escenario público ha desatado una carrera por su usufructo que abarca tres frentes.
Primero, la presidenta ha intentado capitalizar la simpatía del animal, abriéndole las puertas de las conferencias mañaneras en Palacio Nacional para proyectar una imagen de cercanía, ternura y control de la agenda digital.
Segundo, las televisoras del país, urgidas de ratings en un torneo cuya atención compite con el streaming, lo han adoptado como un amuleto de transmisión, exprimiendo su imagen hasta el cansancio.
Tercero, los oportunistas comerciales, esos vivales de la propiedad intelectual que no tardaron en aparecer, intentando registrar la marca “Pato Merlín” ante el IMPI para monetizar el fenómeno.
El punto de inflexión del fenómeno que motivó el Pato Merlín no es su simpatía, sino el violento contraste que genera con la realidad nacional.
Mientras las puertas de Palacio Nacional se abrieron para recibir y cobijar el paseo del pato, esas mismas puertas han permanecido cerradas, blindadas con vallas metálicas, para los colectivos de madres buscadoras que exigen justicia y audiencia por sus familiares desaparecidos.
El reclamo de las madres ha sido devastador en su simplicidad: el Estado prefiere dialogar con un Pato mediático, que encarar la crisis humanitaria del país.
La respuesta oficialista ante este reclamo legítimo alcanzó su punto más bajo en las declaraciones de un legislador del partido oficial, quien en un arrebato de abyección y gran irresponsabilidad discursiva afirmó: “Es mil veces mejor ver a un pato paseándose en la mañanera, que ver a madres oportunistas financiadas por la derecha”.
Esta declaración no solo es una muestra de insensibilidad brutal, es un síntoma de la degradación del debate público en México, donde la lealtad ciega al proyecto político y exige deshumanizar a las víctimas del delito, para proteger la narrativa del Palacio.
Involuntariamente, el Pato Merlín ya se ha ganado un lugar en la historia de la iconografía nacional.
Aunque la FIFA y los comités organizadores invirtieron millones de dólares en diseñar, registrar y promocionar a las mascotas oficiales de la Copa del Mundo 2026, en el imaginario colectivo mexicano esas figuras corporativas quedaron en el olvido.
Para bien o para mal, la verdadera mascota del mundial en México es Merlín. Un pato que, sin pedirlo, se convirtió en el espejo de un país que prefiere mirar el espectáculo de un ave en la alfombra roja del poder, antes que asomarse a las fosas clandestinas que el poder se niega a mirar.